Animales perdidos

[Y] me cae sin motivo el recuerdo
del primer perro a quien amé cuando niño.
Roque Dalton, “Hora de la ceniza”

Una familia de mi barrio ha perdido a su perro. Lo sé porque han puesto carteles buscándolo. La primera vez que vi los carteles, diligentemente colocados cada pocos árboles o farolas a lo largo de varias calles, se ofrecían 500 dólares de recompensa. Unos días más tarde me fijé en que el cartel era el mismo, salvo por un detalle: ahora ofrecían 1.000 dólares. La desesperación de los dueños iba, por lo tanto, en aumento.

Esto me dejó pensando en el dolor por un animal amado pero irremediablemente perdido: en la foto del cartel, se aprecia que es un perro pequeño y, dado el tráfico de aquí y el descuido constante de los conductores, lo más seguro es que el pobre haya sido atropellado. De hecho, incluso yo misma fui atropellada una vez en mi calle (sin más consecuencias que la de llevarme un golpe), y soy un animal de buen tamaño.

Y pensando en este perro llegué al recuerdo del gato de una compañera de piso con la que conviví hace ya tiempo. Mi compañera fue un fin de semana a visitar a su padrastro, a quien estaba muy unida desde la infancia, y trajo consigo un gatito de la camada que la gata del padrastro había tenido. Unos días más tarde, mi compañera se fue de vacaciones y se ausentó durante diez días, dejándome a cargo del animal. En esos diez días nos hicimos inserapables, y para cuando mi compañera volvió de su viaje el gatito me seguía a todas partes por la casa, maullaba desconsoladamente cuando lo dejaba fuera de mi cuarto para dormir y pasaba las horas en que yo estaba en la universidad tumbado en mi cama, esperando mi regreso.

Le cobré mucho afecto en poco tiempo y, como pasa a veces en estos casos, todo acabó terriblemente mal. Una noche el gatito desapareció. Nunca supimos cómo. Dormía en el salón, una de cuyas ventanas estaba abierta. ¿Había salido? ¿Por qué no había regresado? Pasé horas llamándolo a gritos por la urbanización, preguntando a los vecinos y al chico de la seguridad, buscando en cada rincón. El apartamento estaba en una urbanización con un pequeño parque tras cuya alambrada se extendía un descampado feo y húmedo en el que sin duda abundarían las ratas. Quién sabe qué pasaría con el gato esa noche: el caso es que no volví a verlo.

Pocos días tras su desaparición, mi compañera de piso anunció el proyecto de traer un nuevo gatito de los de su padrastro a la casa, y me revolví de rabia por dentro, pensando en la traición que eso supondría al gato perdido. Sola, lloré de rabia y de pena por el animal, que no iba a volver nunca y que, en realidad, ni siquera era mi mascota.

Así siento que es la vida a veces: le dan a uno grandes deseos de sentarse en el suelo con la desesperación y la furia de haber perdido un animal que ni le pertenecía pero que uno no pudo remediar amar, pues así son las cosas, y al que extrañará largo tiempo mientras a su alrededor nadie parece notar su ausencia. Claro, puedes poner carteles y ofrecer tu dinero, pero hay cosas que sabes, con tremendo pesar, que no has de volver a ver.

Y tú, ¿alguna vez has perdido un animal?

Foto: veis en ella a la actriz Amy Adams en una imagen de la perturbadora Nocturnal Animals (Tom Ford, 2016).

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