6 cosas que aprendí observando a un bebé

Al bebé, que, sin decir una palabra, me ha enseñado muchas cosas.

Como ya sabéis, a veces ocupo mi tiempo libre en diversos trabajos para sacar algo de dinero porque la cosa en la UCLA está cortita. A veces hago cosas raras como ser cobaya de experimentos científicos, pero normalmente ejerzo de niñera. A lo largo del pasado año académico he cuidado con bastante frecuencia a un bebé. Lo llamaremos Daniel. Nunca antes en mi vida había pasado tanto tiempo con un niño pequeño, y la experiencia ha sido fascinante. Cual Félix Rodríguez de la Fuente lo he observado con interés científico (y humano, claro, que también tengo mi corazoncito) y he aprendido algunas cosas que me han parecido hermosas y de valor, de modo que las comparto aquí con vosotros.

1. Eres perfecto.

Los bebés no dudan de sí mismos. No se preguntan si tienen bastante talento, si son muy bajitos, muy gordos, si son poco inteligentes o poco exitosos. Los bebés están perfectamente a gusto consigo mismos, sin pecar tampoco de exceso de ego o arrogancia. Se aman a sí mismos como todos deberíamos hacerlo, de una manera alegre, despreocupada y llena de vitalidad.

Ámate: eres perfecto/a.

2. Puedes aprender cualquier cosa.

Piénsalo bien: todo lo que haces en un día normal lo has aprendido. Al nacer, sabías poco más que succionar y tragar. Todo, todo lo aprendiste: aprendiste a controlar los esfínteres y aprendiste a masticar cuando te salieron los dientes, aprendiste a ponerte los zapatos, aprendiste a sujetar un objeto, a llevarte la comida a la boca, a tocarte la nariz. Por el amor de Dios, aprendiste a caminar y aprendiste una lengua completa sin más ayuda que la de escuchar a tus padres hablándote. Después, seguramente te obsesionaste en la infancia con algún asunto (los animales, los dinosaurios, los coches, el espacio y los planetas, el mundo y sus países…) y adquiriste, por puro placer y pura curiosidad, grandes cantidades de conocimiento sobre la materia en cuestión, sin esperar nada a cambio.

Piensa en todo lo aprendido por el camino. ¿Cómo no vas a poder aprender inglés, a tocar la guitarra o a coser un dobladillo?

3. Tienes que perseverar.

Los bebés son conscientes de su perfección y de que pueden aprenderlo todo, lo que los hace perseverantes. Cuando un bebé empieza a tratar de andar se cae: falla más que acierta. Pero no por ello se queda sentado y piensa: “Vaya, he intentado caminar y no se me da nada bien. Será mejor que lo deje. No es lo mío”. Les importa un pito caerse, porque saben que caminar sí es lo suyo, como lo es todo lo demás, de modo que, con una energía envidiable, lo vuelven a intentar y no paran hasta que les sale.

Perseverar es importante. Insiste. Vuelve a intentarlo.

3. Confía.

Daniel me conoció y a los cinco minutos estaba a solas conmigo. Si le extendía la mano, me la daba; si lo cogía en brazos, se aferraba a mí. Con una confianza total en mí, enseguida nos hicimos amigos.

No estoy diciendo que te vayas de la mano del primer tipo que te ofrezca una piruleta y te diga que tiene más en su furgoneta de cristales oscuros, pero la verdad es que si quieres que tus relaciones prosperen debes confiar en los demás.

4. Reclama lo que necesitas.

Daniel, como todo el mundo, tiene necesidades. Quiere dormir, quiere comer, quiere beber agua, quiere jugar con este juguete, quiere ir al orinal, quiere que le laves las manos, quiere coger tu teléfono móvil, quiere tocarte el pelo, quiere ponerse tus zapatos o quiere que lo montes en la gran pelota de yoga de su madre y lo lleves rebotando por toda la habitación. Bien, cuando Daniel quiere algo te lo hace saber, porque sus necesidades son prioritarias para él, y las reclama de manera muy efectiva, y sin necesidad de usar lenguaje articulado.

Esto es, no esperes a que los demás adivinen tus deseos: házselos saber, no te van a leer la mente, y seguramente quieren complacerte.

5. El mundo que te rodea es maravilloso.

A los bebés todo les parece materia de tesis doctoral. Tu pelo, tus zapatos (estos son los dos elementos de mi persona que más fascinaban a Daniel), el agua en el vaso, una pieza de plástico de la juntura de un mueble, una ardilla (que sabiamente se supo poner a salvo en un árbol), una piedra, una flor, otra flor, todas las flores, un charco, un envoltorio vacío de plástico que algún maleducado no ha tirado a la papelera… Todo es digno de estudio, de maravilla, de asombro. Todo alberga interés y todo tiene cierta belleza.

Y no es cosa de que llegues media hora tarde a tus citas porque te has parado a recoger todas las flores caídas de los árboles que has visto por el camino (oh, hay más de las que piensas. Lo que pasa es que sin niños no las ves), pero no estaría mal recuperar un poco la mirada del jovial asombro infantil. ¿Cuántas cosas no nos estamos perdiendo cada día por haber automatizado su reconocimiento?

6. Déjalo ir.

Las primeras veces que fui a cuidar de él, Daniel me recibía con mala cara: mi llegada significaba la marcha de la amada mamá, y eso era intolerable. De modo que la mamá se marchaba y Daniel lloraba un rato. Pero no mucho rato. Como lo justo para que se viera que, puestos a elegir, se quedaba con la madre. Al poco estaba jugando felizmente y disfrutando de sus actividades cotidianas con total alegría: jugar, comer, dormir, que le cambien el pañal. Sé lo que pensáis: qué envidia, chaval.

No dejéis, entonces, que un contratiempo pequeño os robe vuestro tiempo y vuestra felicidad. Lamentaos lo justo, y volved a la vida diaria, que os está esperando y, aunque nadie va a cambiaros el pañal, no deja de ser maravillosa.

Y tú, ¿qué has aprendido de los bebés?

Foto: es una imagen de la película de animación infantil El bebé jefazo (Tom McGrath), que es como mi madre apodaba a Daniel. Después de todo, él era mi jefe.

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