12 momentos cuando te operas la miopía

Se me quedó viendo largamente con una mirada que podía interpretarse de dos modos: o era miope como una puerta o estaba a punto de decirme el secreto de la vida y de la muerte.
Rafael Menjívar Ochoa, De vez en cuando la muerte

Este verano he decidido darle la espalda a veinte años de miopía y concertirme en una traidora a mi raza, la de los cegatos, concretamente la subespecie de los cegatos en la clandestinidad porque vamos con lentillas hasta a la ducha. En fin, que me he operado los ojos: la tecnología puntera LASIK ha quemado mi córnea hasta darle la forma de un ojo sano. Horas más tarde, mi cerebro reacciona: las imágenes que recibe, inusualmente nítidas, deben ser asumidas como reales. Y yo, de repente, veo como si nunca hubiera sido miope. Pero no os preocupéis: el espíritu de la cegatería no se quema con el láser.

He aquí doce momentos que me han parecido risibles, vividos a lo largo de la experiencia:

1. Estoy hablando con mi médico, que es la mar de simpático, y cuenta una anécdota de sus vacaciones en un bardo. Se detiene un momento y aclara: “Pero el barco de un amigo, no el mío”. Ah, claro. Vaya, gracias. No solo tiene un barco, sino que se codea con gente que también posee barcos. Maldigo mi vocación: yo, que tan buena estudiante era, también podría haberme hecho médica. Cortar ojos es una guarrada por más que te saques 2.000 euros en quince minutos dándole a un botón, así que yo me hubiera hecho ginecóloga y me dedicaría a hacerle la inseminación artificial a madres solteras o a parejas con problemas de fertilidad. Metes un bebé en el horno y te sacas una pasta. Pero no. Oh, no: tenían que gustarme las cosas inútiles y que no rinden, como traducir del latín La Guerra de las Galias y leer. Leer. Estupendo. Bien por mí.

2. El médico me explica el procedimiento en detalle, para que sepa qué me a pasar. Me cuenta, además, que algunos oftalmólogos hacen parte de la operación con una cuchilla manual. Esto es: te abren el ojo y raspan córnea a mano. Jesucristo. Añade que él hace toda la intervención con láser, que es mucho más seguro, y que vendió su cuchilla de cortar ojos. Dios lo bendiga.

3. Me citan en la clínica a las ocho menos algo, para entrar a quirófano a las ocho. Dos horas antes, en casa, he de tomarme un tranquilizante para caballos que te dan para que se te baje la histeria de eso de que te van a cortar el ojo con un láser. Me tomo la pastilla, y al rato sigo igual de nerviosa pero siento mi cuerpo deliciosamente leve. Algo es algo.

4. Los diez días previos a la intervención hay que llevar únicamente gafas, y no lentillas, para que la córnea esté en toda su forma natural, y no modificada por la presión de la lente de contacto. Para mí, que nunca llevo gafas sino para leer en la cama antes de apagar la luz (¿pero si eres miope no es que no ves de lejos y sí de cerca? ¿Por qué te pones las gafas para leer en la cama? Bueno, amigos: eso de “lejos” es, como todo, relativo, y para leer sin gafas tengo que acercarme el libro a la cara como el rostro de un amante), es de lo más incómodo. Es como si en tus últimos diez días como miope tuvieras que ser lo más miope posible, como una suerte de despedida de la condición.

5. Antes de pasar a que te preparen para el quirófano tienes, claro, que quitarte las gafas. Y es inevitable pensar: “Vaya, es la última vez que me quito las gafas”. Y te da un poco de pena y un poco de emoción.

6. La operación es rápida, limpia, sencilla y cómoda desde el punto de vista del paciente. No se experimenta dolor, ni incomodidad, ni huele a carne quemada ni nada de nada. Básicamente estás tumbado en la oscuridad más absoluta mirando fijamente un punto de luz roja. Mientras, el médico, que además del MIR se ha sacado un cursillo de coach, te va dando ánimos en la oreja:

-Muy bien, guapísima, sigue así, sigue así, perfecto, vamos muy bien, sigue mirando, lo estás haciendo estupendo, muy bien guapa, sigue, sigue, genial, eh, ya estamos acabando, guapa, sigue, sigue mirando… Terminado. Siguiente ojo.

Lo bueno es que además de salir con la visión corregida te llevas un chute de autoestima con tanto “guapa” por aquí y por allá. Pero no temas si eres un machote: tras de mí pasó a quirófano un chico de mi edad y el discurso del doctor era idéntico salvo por el hecho de que lo llamaba por su nombre, y no apelando a su atractivo físico.

7. Lo único chungo de la operación es cuando te abren el ojo en plan La naranja mecánica para tener el globo ocular bien expuesto. Qué asco, colegas. Pero, como dijo el rey aquella vez: “París bien vale una misa”.

8. Al terminar, la asistente del doctor me ayudó a levantarme y me condujo a la salita adyacente al quirófano guiándome por el colo, porque en ese momento no ves nada y empiezas a dudar de si no tendrás que cambiar tu carrera y dedicarte a vender cupones. No os preocupéis: es pasajero.

Me sentó en esa salita a esperar un rato con los ojos cerrados. No estaba sola: un chico de mi edad más o menos estaba preparado para entrar a quirófano y aguardaba el momento también con los ojos debidamente cerrados (órdenes de la asistente del doctor). Intercambiamos unas breves frases de ánimo, ambos a ciegas: podría ser el principio de una comedia romántica. El desarrollo de la película sería la historia de cada uno, tras ser operados, buscando a la chica o el chico de quien solo recuerdan la voz y que están operados de miopía…

9. Los días posteriores a la intervención traen momentos extraños. No solo tu cerebro tiene que procesar las imágenes que tus ojos mandan. Tú mismo/a tienes que habituarte. Así, cada noche me iba a la cama y enseguida pensaba, alarmada: “¡No me he quitado las lentillas!”. Y buscar las gafas para ponértelas, y recordar que no hacen falta: esa es otra.

10. Como soy muy sensible tengo mucha lágrima, que es lo mejor que te puede pasar si te operas de la miopía, porque te reseca el ojo bastante. Nada te libra, sin embargo, de la sensación de sequedad los primeros días. A veces incluso notaba durmiendo lo seco que tenía el ojo y una vez llegué a soñar que me ponía lágrima artificial para aplacar la sensación.

11. La vida sin lentillas me ha llevado a descubrir que los no cegatos también sufren cosas en los ojos. A veces me entra algo en el ojo. Me miro en el espejo y no veo nada, y no sé qué más hacer aparte de frontarme el ojo furiosamente (no se lo digáis a mi médico) o, si llevo máscara de pestañas, parpadear furiosamente (yo todo lo hago furiosamente). Cuando llevaba lentillas tenía el consuelo de quitarme la lente, lavarla y volverla a poner.

12. Ver bien es la leche, pero hay algo que, como lentillera consumada, echo de menos. Hay momentos en la vida en que uno se siente abatido, derrotado, vencido, desarmado… Pero al menos te queda un recurso, un pequeño gesto que aliviará un poquito tu existencia, y te hará sentir mejor: quitarte las lentillas. Ahora me encuentro a veces en momentos de crisis personal y pienso que ni las lentillas puedo quitarme. Al operarme, me he forzado a verlo todo con nitidez siempre que tenga los ojos abiertos. Y hay algo duro en ello.

Y vosotros, ¿habéis traicionado a la miopía como yo?

Foto: es una imagen del clásico corto Un chien andalou o Un perro andaluz (Luis Buñuel, 1929), que Buñuel realizó con la colaboración de Salvador Dalí.

 

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