Dime cómo acaba

Ni una frontera tan vasta alcanza para todos. Mucho menos para los últimos de la fila.
Óscar Martínez, Los migrantes que no importan

Hace poco he leído el ensayo Tell Me How It Ends, de la escritora mexicana afincada en Nueva York Valeria Luiselli, y he decidido traducir y publicar aquí mi fragmento favorito del libro. El volumen está, de todas formas, disponible en español bajo el título Los niños perdidos, pero igualmente me ha gustado traducir un poquito.

El el libro, Luiselli habla de su propia experiencia como traductora e intérprete para organizaciones que ayudan a menores de edad indocumentados en Estados Unidos a afrontar el proceso legal al que deben someterse para no ser deportados. A lo largo de sus páginas, Luiselli trata los puntos clave de la crisis migratoria de Estados Unidos (la violencia centroamericana, la frontera sur de México, el proceso legal para adquirir permiso para quedarse en Estados Unidos, el peligroso viaje a lomos de la Bestia y a través del desierto de la mano de los coyotes, la indiferencia social, las maras…) y ahonda en su propia experiencia como migrante y en lo que sea la identidad nacional. El esqueleto que articula el ensayo son las cuarenta preguntas reglamentarias que el intérprete debe hacerle a cada niño indocumentado antes de que los abogados puedan elegir la defensa apropiada para su caso.

El fragmento que he traducido y que va a continuación entrecomillado lo he extraído de Tell Me How It Ends. An Essay in Forty Questions, de Valeria Luiselli, editado en Mineápolis por la editorial Coffee House en 2017, entre las páginas 55 y 58.

“A menudo, mi hija me pregunta:

-Entonces, ¿cómo acaba la historia de los niños?
-Todavía no sé cómo acaba- suelo decir.

Mi hija suele seguir las historias que oye a medias. Hay una que la obsesiona, una historia que solo le cuento por trozos y para la que aún no he podido ofrecer un final de verdad. Empieza con dos niñas en la corte judicial. Tienen cinco y siete años y son de un pequeño pueblo de Guatemala. El español es su segunda lengua, pero la mayor lo habla bien. Nos sentamos alrededor de la mesa de caoba en la habitación donde tienen lugar las entrevistas, y su madre observa desde uno de los bancos del fondo. La pequeña está concentrada en su libro de colorear con un lápiz de cera en su mano derecha. La mayor tiene las manos cruzadas como lo haría un adulto y contesta las preguntas una por una. Es un poco tímida, pero trata de ser clara y precisa en sus respuestas, dándolas todas con una gran sonrisa mellada aquí y allá.

-¿Por qué vinisteis a los Estados Unidos?
-No lo sé.
-¿Cómo viajasteis hasta aquí?
-Un hombre nos trajo.
-¿Un coyote?
-No, un hombre.
-¿Fue bueno con vosotras?
-Sí, fue bueno, creo.
-¿Y dónde cruzasteis la frontera?
-No lo sé.
-¿Texas? ¿Arizona?
-¡Sí! Texas Arizona.

Comprendo que es imposible continuar la entrevista, así que les pido a los abogados hacer una excepción y permitir a la madre unirse a la mesa, al menos un rato. Volvemos a la primera pregunta, y la madre responde por las niñas, llenando los huecos, explicando cosas, y contando también su versión de la historia.

Cuando la más pequeña de sus hijas cumplió dos años, decidió emigrar al norte y dejarlas a cargo de su abuela. Cruzó dos fronteras sin documentos legales. No la detuvo la Patrulla Fronteriza y logró atravesar el desierto con un grupo de gente. Unas semanas más tarde llegó a Long Island, donde tiene una prima. Y allí se instaló. Los años pasaron, las niñas crecieron. Tuvo otro bebé.

Un día llamó a su madre -la abuela de las niñas- y le dijo que había llegado el momento: había ahorrado lo suficiente para traerse a las niñas con ella. No sé cómo respondería la abuela a la noticia del inminente viaje de sus nietas, pero anotó cuidadosamente las instrucciones y más tarde se lo explicó todo a las niñas: en unos días, un hombre vendría a por ellas, un hombre que las iba a ayudar a llegar hasta su madre. Les dijo que sería un viaje largo, pero que él cuidaría de ellas. El hombre había llevado con éxito a muchas otras niñas de su pueblo hasta sus madres a través de las dos fronteras, y todo había ido bien. Así que todo iría bien esta vez también.

El día antes de que se fueran, la abuela cosió un número de teléfono de diez dígitos en el cuello de los vestidos que las niñas llevarían todo el viaje. Por más que lo había intentado, las niñas no habían sido capaces de memorizar este número de diez dígitos, así que decidió bordarlo en sus vestidos y repetirles, una y otra vez, una sola orden: nunca deberían quitarse los vestidos, ni siquiera para dormir, y en cuanto llegaran a América , en cuanto estuvieran con un policía americano, deberían enseñarle el interior del cuello del vestido. El policía entonces marcaría el número y las dejaría hablar con su madre. Lo demás iría por sí solo.

Lo demás fue por sí solo: llegaron a la frontera, donde las mantuvieron en custodia en la hielera, durante un periodo de tiempo indefinido (no recuerdan cuántos días, pero dicen que pasaron más frío que nunca en su vida). Después de eso fueron a un albergue, y unas semanas más tarde las metieron en un avión y volaron al JFK, donde su madre, su hermanito y su padrastro estaban esperándolas.

-¿Eso es todo?- pregunta mi hija.
-Eso es todo- le digo.
-¿Así acaba?
-Sí, así es como acaba.

Pero, por supuesto, no acaba ahí. Ahí solo empieza: con una citación judicial a corte.”

Si te ha gustado este fragmento, no dudes en leer el original o su traducción al español (que, por supuesto, será infinitamente mejor que la mía). Y si os gustaría saber más sobre el tema, recomiendo la lectura del fascinante Los migrantes que no importan, del periodista centroamericano Óscar Martínez, que hizo el viaje desde la frontera sur de México hasta la norteña como un indocumentado más en varias ocasiones para escribir crónicas periodísticas. La cita que abre esta entrada pertenece a este libro.

Foto: es una imagen de la fotógrafa Isabel Muñoz, que acompañó a Martínez en varios de sus viajes, en la que se ve a un hombre saltando entre dos vagones del tristemente célebre tren de mercancías conocido como La Bestia, en cuyo techo viajan cada año miles de centroamericanos con la esperanza de llegar a la frontera con Estados Unidos. La fotografía forma parte de una muestra más amplia titulada precisamente “La Bestia”.

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